Safari – Caricaturesco neocolonialismo

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Acaba de estrenarse en la cartelera española una de las películas más aplaudidas por el sector crítico en el último Festival de Venecia: el nuevo trabajo del iconoclasta Ulrich Seidl, el documental sobre caza Safari.  Una obra, sin embargo, de difícil provecho comercial, motivo por el cual su exhibición se ha visto reducida en la capital al Cine del Círculo de Bellas Artes (muy agradable, dicho sea de paso). Pero esto no impidió que supiese de su estreno y le diese al mismo prioridad, acudiendo a esta modesta sala al día siguiente. No he podido disfrutar de la obra previa del provocador realizador austriaco, pero mi predilección reciente por el cine documental y mi querencia por las soluciones estéticas emprendidas en sus obras previas y las que, por materiales promocionales, se toman en esta me despertaron mucha curiosidad. Y si bien el efecto emocional que la obra me produjo no fue el esperado, sin duda fue notable, y compensó con mucho el boleto. La postura del narrador, crítico pero no juez, sino mero retratista, epatará a los rectos con presentación explícita, pero su dispositivo formal, humor negro y la acidez del subtexto que yace tras la imagen hacen de este documental un filme seductor.

Una de las actividades turísticas que más dinero da a la economía de los capataces de granja en África es la caza regulada y tutelada.  Familias y parejas de nuevos ricos acuden en sus vacaciones a recintos de hombres blancos con mano de obra negra dónde les entrenan y tutelan para la caza de grandes animales salvajes en entornos naturales, con la ayuda de un supervisor y acudiendo al terreno en todoterreno, dónde sólo se cobrarán piezas individuales por cada incursión, a la que disparan desde la distancia y dejarán morir de ese único tiro. Posteriormente se procederá al maquillaje y embellecimiento del trofeo orgánico, con el que el cazador se hará una foto y del que posteriormente se llevará un recuerdo, bien un busto o la piel, mientras la carne es aprovechada por los humildes trabajadores. Una representación no exenta de lo grotesco, que filma con cinismo una situación neocolonialista. Un ecosistema de pobres desgraciados, caraduras e ilusos que orbitan con respeto alrededor de un ritual riguroso, cuyo procedimiento firme y sostenible con el medio les auspicia a nivel moral, dotándoles de asombro, magia y orgullo ante aquellas atrocidades que sienten justificadas, reprimiendo su más que evidente cargo de conciencia. El dispositivo visual de Seidl es excelente, combinando seguimiento cámara en mano de la caza y del desuello de las presas con entrevistas a los cazadores enmarcados en planos fijos de encuadres excelentemente compuestos, con motivo central y elementos especulares a ambos extremos (o bien planos estáticos con negros inertes, acompañados de bustos o carne). Entrevistas de dónde se sacan jugosas declaraciones de las motivaciones de los cazadores, sus objetivos, y, a través de las cuales Seidl plantea reflexión crítica sobre la raza, sus excusas. Planos fijos que sirven al cineasta para ridiculizarlos o representarlos desde la fina burla, captándoles en momentos patéticos o desacertados, o bien aprovechando los ángulos para juzgar con la imagen (hombres altos con pantalones cortos sentados en bajas butacas). Un humor negro muy efectivo que dota al filme, solemne por lo demás, de un tinte socarrón muy gamberro (no en vano el filme abre y cierra con toques de corneta).

El documental es, por su enfoque, tremendamente polémico en su manera de afrontar el peliagudo tema. Se pisa constantemente la fina línea de la amoralidad, y en la parte final del metraje no pocas escenas entran en territorios explícitos cuyo morbo y despliegue cárnico pondrán a prueba la paciencia de la audiencia. En tanto se escenifica la caza y el trato de cuerpos sin adornos ni medias tintas, y las únicas opiniones que se verbalizan son las de unos alucinados cazadores embebidos de la supuesta belleza y nobleza de sus hazañas, el animalista más fanática se sentirá vulnerable en un escenario ambiguo y propenso a ser malinterpretado como apología. Un escenario de estructura, pasada la primer víctima, sustentada en la repetición.

Todo espectador sensible y con las convicciones morales muy firmes podrá sentir repulsa hacia Safari, pero una vez superada la primera barrera argumental ofrece un relleno formal y textualmente rico, hipnótico para el cinéfilo realizador, ávido de análisis textual. 8/10

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