Norman, el hombre que lo conseguía todo – El trasquilador trasquilado

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Debido a motivos variados, no pude asistir a la primera edición del Festival Internacional de cine de Barcelona-Saint Jordi, pero gracias a la distribuidora A contracorriente films pude asistir a un temprano pase de prensa en los Cines Verdi de Madrid de la película de apertura del certamen: el thriller político y frenético Norman, el hombre que lo conseguía todo, debut en Hollywood del cineasta israelí Joseph Cedar, director de la premiada Pie de página. Una película que no pude visionar y una trayectoria interrumpida desde entonces, hasta esta película de sugerente premisa cuyo protagonista nunca ha sido santo de mi devoción, pero servidor siempre recibe estos pases con entusiasmo, y siempre recibe aquellas películas de las que no sabe nada con optimismo. Y hacia tiempo que no veía una película de índole tan Sorkiniana, de continuo diálogo y enrevesados tejemanejes políticos y empresariales. Y sin ser abrumado, sí que fui gratamente sorprendido y analicé con interés el producto que se proyectó ante mis ojos. Pues si bien la extensa duración del filme, su trémulo ritmo y su enrevesada trama impiden un disfrute pleno y una sensación de producto redondo, su estilo narrativo y peculiares direcciones audiovisuales la hacen una película no exenta de interés. 

Norman Oppenheimer (un entregado Richard Gere) es un hombre de negocios con labia y don de gentes que obtiene beneficios aquí y allá conectando personas de alto cargo entre sí a base de promesas y establecimiento de relaciones sustentadas mayormente en la nada y el engaño, convenciendo a la parte X de ciertos intereses de la parte Y de los que esta no es del todo consciente y viceversa. Un hombre que conoce todo y a todos, pero del que nadie sabe realmente nada. Interesada en hacer riqueza con la compra de deuda israelí, hace amistad una tarde con un político del gobierno hebreo, quien a los tres años acabará siendo primer ministro. Su amistad con un hombre tan poderoso cambia drásticamente su vida en poco tiempo de manera muy positiva, pero le inducirá pronto a una espiral de velocidad creciente hacia la más crepuscular de las caídas cuando las acusaciones de soborno hacia el dirigente provoque que la red de contactos de Norman se desmorone, el humo se difumine y todos vayan a por él. Una película de ejecutivos, negocios, llamadas, reuniones, entretelas, estafas y, entre el trajín y el ruido, una minuciosa descripción de personaje. Un relato cómico y ácido, que no camufla una mirada que no juzga pero no exime a Oppenheimer de las nefastas consecuencias de sus actos, y sus movimientos de funambulista para escapar a la quema, un relato humorístico y desenfadado narrado en tres actos separados por cartelas y con una extraña banda sonora, rítmica y alleniana, más propia de otra década, que dota al filme de su tono vibrante, jovial y desenvuelto, en el que Gere, Buscemi, Gainsbourg, Sheen y compañía (pero sobre todo Gere, que protagoniza una película entregada a su lucimiento), que interactúan entre ellos en una medida coreografía en un producto de realización fresca, en la que se combinan desasosegantes planos medios y tomas fijas con ensamblajes virtuales de distintos escenarios y personajes que telefonean al otro en un mismo plano de construcción especular, sin duda el aspecto visualmente más atractivo del filme. El trabajo fotográfico de Yaron Scharf y el musical de Jun Miyake rinden correctamente, en un proyecto interesante sobre todo en el tema identitario, tanto americana como israelita, con una integración excelente del judaísmo. 

Probado está en infinidad de ejemplos que no por revirado y complejo un argumento es necesariamente mejor, y este axioma se prueba en esta película, de innecesariamente enrevesado guión. Sus personajes, debido a su cantidad, el ritmo de sus diálogos, su descripción y su permanencia en pantalla, no quedan lo necesariamente perfilados como para que nos impliquemos con sus problemas, ni tan siquiera para que nos resulten simpáticos. Y aunque el tono esté logrado, la languidez expositivo de la película y su ritmo de montaje, al que el continuo movimiento físico y dialéctico de sus personajes no imprimen garbo, lastran al filme sin remedio, al que el innegable interés social de su relato y el portentoso cierre de su tercer acto no le apuntala como filme poderoso, sino mediano. 

Desenfadada, cómica y reflexiva, Norman, el hombre que lo conseguía todo es un vehículo para el lucimiento de Gere en un papel lejano a su zona de confort filmado de manera visualmente juguetona, pero de liviano alcance en sus ambiciones temáticas. 6/10

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