No respires – Danzando en la ratonera

En 2016, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

El cine de terror lleva un ejercicio notable durante este 2016, gracias entre otros a la última película del maestro James Wan o a las últimas obras de Mike Flanagan, sin olvidar las perlas retrasadas del Sitges del año pasado o las que vayan llegando del más reciente. Y la nueva película del uruguayo Fede Álvarez tampoco había escapado a ese entusiasmo, siendo recibida con un extenso aplauso público y crítico. Se me escapó en primera instancia, pero finalmente llegó el momento de poder visionarla, afrontando el mismo con algunas dudas. Dudas que, pese a algunas flaquezas, fueron disipadas, y mis expectativas, tras unos minutos iniciales en los que forjé una impresión meridiana, fueron gratamente superadas. Dado que si bien nos hallamos ante una propuesta sencilla de planteamiento y exposición algo obvia, la potencia audiovisual de su dispositivo narrativo la hacen una de las películas imprescindibles del género de los últimos tiempos. Un ejercicio de pura atención en la realización para obtener meritorios resultados. 

tolentino-twisted-appeal-of-dont-breathe-1200Rocky, Alex y Money son tres jóvenes de Detroit que forman una banda callejera de asaltantes de casas de lujo. Procuran integrar su botín a base tan sólo de objetos valiosos que en su conjunto no excedan los 10.000 dólares. A pesar de su éxito, no abandonan la precariedad, y fantasean con huir a California. Hasta que un día descubren una casa destinada a ser el robo perfecto. Una mansión antigua situada en un barrio residencial destartalado y abandonado, donde un anciano solitario e invidente, veterano de la guerra de Irak, esconde una amplia fortuna en dinero. Saltarse el modus operanti entraña un riesgo, pero la recompensa que se prevé bien lo merece. Pero su error será mayúsculo, pues una vez logren adentrarse en ese búnker atrincherado los roles se intercambiarán, y nuestros maleantes se descubrirán presas de un temible depredador con sentidos afinados y conocimiento al dedillo de su ratonera, que hará lo que de él dependa para que no abandonen la guarida con vida. Ya no serán más que jóvenes indefensos que precisarán de su astucia para escapar de su encierro con esta máquina de matar. Un ejercicio de tensión y asfixia, de supervivencia en espacios reducidos, una persecución entre el gato y el ratón. Una propuesta muy concreta y modesta que apela toda su fuerza a la potencia audiovisual que se logre en su ejecución. Y la ejecución técnica, una vez nos adentramos en esa casa, es soberbia. Stephen Lang borda al inquietante y perturbado villano, y su ceguera dota a la cacería de una tensión sonora y un juego visual riquísimo, dotando de una importancia extrema sus seguros y certeros movimientos. La coreografía de los intérpretes en el medido y limitado espacio y la baza de aquello que se ve y no se ve y, sobre todo, la importancia de no hacer ruido, tejen una intriga que funciona como un mecanismo de relojería. La cámara de Álvarez baila con sus actores en una coreografía endiablada, recorriendo el escenario con travellings de gran tensión narrativa, panorámicas digitales y un uso de la steady cam que antecede a los personajes y pone al espectador unos metros por delante para lograr los efectos terroríficos adecuados. La fotografía de Pedro Luque y la atmosférica banda sonora de Roque Baños contribuyen a entramar el ambiente malsano de esta señera morada. 

Si bien es cierto que la danza dentro de la casa es excelente, el prólogo que lo antecede peca de ser una introducción narrativa a la premisa y a los personajes demasiado evidente y poco natural. Y aunque corto, el filme no sabe bien como acabar, y se estira en un demorado clímax, en el que se añaden elementos escabrosos a la personalidad del hombre ciego que, aunque espeluznantes, podrían haber sido prescindibles. Pero bien es cierto que a pesar de todos la magnitud de la amenaza transpira y cala, perturbando como lo más turbio de lo real. Y gracias al cielo, los creadores tienen el gusto de presentarnos a unos protagonistas con dos dedos de frente, algo que lamentablemente escasea en este tipo de propuestas. 

Si bien todo aquel cineasta que no tenga ningún interés en el terror no hallará aquí elementos para su interés, el cinéfilo abierto a todo tipo de experiencias audiovisuales no debe dejar pasar estos 90 minutos de agobio y persecución por la propia vida, dónde la excelencia de la realización logra que experimentemos un torrente sensorial. 8/10

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