Luz de luna – Identidad y rechazo

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Gracias a la distribuidora Diamond Films, pude ver en los cines Renoir de Madrid un pase de prensa de la otra gran favorita para los óscar, después de La la land y Manchester frente al mar: el drama racial Luz de luna, dirigida por Barry Jenkins y adaptación de la novela In Moonlight black boys look blue de Tarell Alvin McCraney. Una de las cintas más aplaudidas de la temporada de premios, y sin duda de las que más prometía a nivel formal y estético. Ya es una evidencia que este es el año del reconocimiento a los derechos de los hombres de color por parte de la academia, y hay abundancia de películas con temática racial. Pese a todo, esta prometía ser de las más logradas. Y una vez concluí el visionado, y durante el mismo, constaté lo nocivo que resulta acudir a visionar películas con expectativas estratosféricas. Luz de luna es una película contra la que, objetivamente hablando, nada se puede objetar en el plano adiovisual. Tampoco en el emocional, tejiendo un conjunto impregnado de un tono muy fino. Es en el cotidiano argumento, que sigue todos los derroteros esperables del cine iniciático del niño incomprendido, dónde reside la gran lacra de una película que no llega a las cotas, dentro de esta nueva tendencia, de Loving.

mv5bmtcwndmymdq2m15bml5banbnxkftztgwmzkxmdu0mdi-_v1_sy1000_sx1500_al_Chiron (interpretado por Alex Hibbert en su niñez, Ashton Sanders en su adolescencia y Trevante Rhodes en la edad adulto, todos ellos estupendos) es un chiquillo tímido de color con una situación personal complicada en los barrios pobres de Miami. Su madre soltera (una solvente Naomie Harris) es conflictiva y adicta al crack, y sus compañeros del colegio, a excepción de su fiel amigo Kevin (Jaden Piner, Jharrel Jerome y André Holland, todos notables), le maltratan. Cuando conoce al traficante Juan (un contrastado Mahershala Ali) y a su novia Teresa (Janelle Monaé, de imponente presencia), acudirá a menudo a refugiarse en su hogar, y verá en Juan no sólo a un amigo, sino a una figura paterna. A lo largo de sus años de madurez y edad adulta, Chiron luchará por redifinir su identidad, y esconderá siempre su homosexualidad. Gente humilde, consumo de drogas y familias descompuestas. Las adversidades inherentes de los hombres de color en aquellos años. Todo ello temáticas explosivas, pocas veces aúnadas en un mismo filme. Uno de grandes personajes, con interpretaciones delicadas que ensalzan el gesto, la mirada y el silencio sobre la estridencia y la perorata. La decisión de narrar este Boyhood negro en tres capítulos diferenciados con tres actores para los dos amigos fluye orgánicamente gracias a un casting excelente y unas pausas acordes al ritmo de la propia historia. La realización de Jenkins apuesta por largos planos y dinámicos planos en movimiento tomados con steady, aprovechando los tenues colores, brillos y reflejos de la excelente fotografía de James Laxton, que saca un tremendo rédito artístico al desenfoque y los boreados granulosos de los objetivos angulares. La banda sonora de Nicholas Britell (quién ya hiciera un sensacional trabajo en la estupenda La gran apuesta, también producida por la Plan B Entertainment de Brad Pitt) contribuye a crear secuencias de tremendo calado poético, brillando con particularidad en el tercer acto, el mejor de todos. Una atmósfera lírica introspectiva y universal de que es el mayor acierto de esta película, que en el realismo de su enfoque respira verdad. Los personajes nos implican en sus problemas, y los puntuales escapismos a la reflexión artística que toma el filme enriquecen el conjunto.

Servidor recibe con recelo relatos sobre niños maltratados por prójimos en las escuelas, bien porque es un tema narrativamente pobre tratado de la misma manera en infinidad de filmes, bien porque mi infancia pacífica me impide verlo como algo más que un estereotipo. Estereotipos narrativos, como los de las madres drogadictas y sus tratos nocivos a sus hijas, que perjudican notoriamente la película, sobre todo al tedioso segundo acto. Y este es un caso más de filme que, por historia, es relevante en Estados Unidos pero toca menos en una audiencia europea. Y el desarrollo, que en su argumento apela al aleccionamiento moral y el cine social de representación más obvia, crea una barrera entre la película y servidor, al que el relato no afecta como debería.

En suma, Luz de luna no es mejor que muchas de sus acompañantes entre los nominadas a los óscar, y su argumento dificultará la revisitación, pero ofrece una experiencia sensible, elegante y hermosa que merece un visionado. 8/10

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