La invención de Hugo – Mélies y el cine

En 2012, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Tras 40 años de carrera, el legendario director italoamericano Martin Scorsese realiza una película para todos los públicos, la cual supone además su primer proyecto utilizando la tecnología 3D (que tras Wim Wenders en Pina, Konchalovsky o Herzog, demuestra que nada mejor que los maestros que para darle un uso artístico y reafirmador de la historia, más allá del simple atractivo comercial).

Todos esperábamos un extraño cambio de tercio, y La invención de Hugo es sin duda una obra diferente a todo lo anterior, un capítulo relevante en la filmografía de este autor. Scorsese ha visto en la novela que adapta, La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick una oportunidad idónea para homenajear los orígenes del cine y en particular de la figura del mago de la imagen Georges Mélies. Y cómo buen cinéfilo que es, el retrato ha sido hermoso, acertado y respetuoso, exaltando la belleza de la imaginación y el contrate de esta con lo cotidiano. En la historia del huérfano Hugo, que roba por necesidad y vive escondido tras el reloj de la estación de Mont-Parnasse durante la década de los 30 del siglo pasado (la referencia a la figura de los Lumiére cómo origen del cine es clara) está plagada de referencias cinéfilas, así como de detalles relacionados con los gustos e inquietudes del Scorsese niño, el cuál afloró durante la producción de la película gracias a la esencia del libro y la influencia de su hija: los niños protagonistas (para un servidor lo peor de la película, muy sobreactuados y altaneros en sus gestos) simbolizan los personajes aventureros de las novelas de Twain y Dickens, el autómata dibujante sobre el cual se centra el misterio a resolver (la figura de Mélies) se asemeja a la María de Metrópolis y el revisor de la estación interpretado por Baron Cohen (el cuál no es estrictamente necesario debido a su única función de villano rocambolesco que busca la carcajada del sector infantil enredándose en unas y otras cosas pero que finalmente agrada debido al buen hacer del genial cómico británico) nos recuerda a la gestualidad de Buster Keaton o Harold LLoyd. También es cierto que la historia adolece de edulcorante en algunos momentos, destacando el final, y el ritmo decae en algunos momentos, además de ofrecer unos escenarios y vestuarios que de trabajados pueden resultar forzados y teatrales (la caracterización del siempre competente Kingsley resulta forzada). Su imagen, retocada digitalmente (lo cual puede molestar a algunos puristas de la imagen cinematográfica), resulta de gran belleza y muchos planos suponen una alta dificultad compositiva (la entrada inicial en la estación), acompañado de una banda sonora que, aunque carece de interés por sí sola, realza la atmósfera de la historia competentemente.

Salvando los defectos de película de aventuras del gran público, dónde la película brilla realmente es cómo homenaje al séptimo arte, recreando de manera apasionante los rodajes de Mélies. Es por ello que el último trabajo de Martin es una película de interesante visionado para cualquier público, y un interesante trabajo desde cualquier perspectiva.

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