Elvis y Nixon – Anécdota caricaturizada

En 2016, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Si una película cuenta con Kevin Spacey y Michael Shannon como figuras principales de su plantel de actores, es improbable que como mínimo no despierte mi curiosidad. Si ya además va denominada con el capcioso título de Elvis y Nixon y narra tan peculiar suceso real como este, es inevitable que tenga mi atención. Como poco la singularidad que representa esta propuesta y, al menos, la diversión que su material promocional aseguraba  hacían de ella un filme curioso que merecía la pena visitar. La escasa repercusión mediática con la que fue recibida en su estreno hizo que retrasase este encuentro, pero finalizó produciéndose. Y efectivamente descubrí una película que, en tanto comedia, era efectiva. Y la anécdota que recrea la narración es lo suficientemente extravagante e increíble como para que nos entretenga durante noventa minutos. Pero la película se queda en eso: una anécdota divertida pero circunstancial, recreada además con una réplica caricaturesca y acartonada. 

captura-de-pantalla-2016-11-29-a-las-13-32-20Elvis Presley (un melancólico Michael Shannon, el mejor de la película) está preocupado por el devenir que está tomando Estados Unidos. Europa y parte de Sudamérica está virando al comunismo, y le desagrada la actitud desencantada y protestante de la juventud descreída de Norteamérica, que abraza sin cabeza las drogas y el movimiento hippie. Mientras tanto, observa que el gobierno no da soluciones eficaces a la caída a los infiernos de su amado país. Es por ello que decide tomar cartas en el asunto, y vuela a Washington D.C. a entregar a mano una carta a Nixon, en la que solicita una reunión con él para comunicarle sus inquietudes y pedirle que le reclute como agente encubierto del FBI y le de una fastuosa insignia de agente federal independiente. Un conjunto de sandeces propias de una estrella excéntrica que sus secuaces secundan con poca esperanza, pero sorprendentemente verán hechas realidad gracias al fenómeno fan que El rey despierta incluso entre los hombres más cercanas al presidente, que esperan sacar réditos electorales de la difusión mediática de este encuentro entre gigantes. Una época muy diferente a la actual, y plagada de frentes abiertos de amplio interés. Una época, a nivel histórica, retratada con acierto en esta película. La selección de aquella música ya extinta se muestra acertada no ya sólo por los temas escogidos, sino por su articulación dentro de la película, sirviendo de escenario y marcando el tono narrativo. El montaje y el aspecto visual del filme, con una paleta de colores cercana al grano del celuloide setentero, constituyen una línea gráfica al servicio de la historia y que sitúan al filme de lleno en los años que narra, pero observada desde una perspectiva contemporánea que juzga con cinismo. Y es este enfoque humorístico que satiriza desde la ridiculización que adopta la realizadora Liza Johnson y los guionistas Sagal y Elwes los que facilitan el regocijo de la audiencia. Y la anécdota nuclear es tan poderosa que la mera anticipación del encuentro dialéctico de dos grandes egos buscando constantemente quedar el uno (Elvis) por encima del otro (Nixon) es suficiente para mantenernos intrigados hasta que este se produzca tras una hora de preliminares. Y un siempre competente Michael Shannon interpreta con acierto a un apagado y distante pero soberbio y estrafalario Elvis que choca con lo que la gente que le rodea se imagina de él.

Pero más allá del interés de la anécdota, poco más hay que contar, y la película, en un ejercicio de nobleza, no pretende más que recrearla, lo cual también la perjudica. Y la recreación no abandona la condición de copia, en este caso caricaturesca y de cartón. Principalmente debido a un mejorable trabajo de maquillaje y vestuario, los dos protagonistas pretenden parecerse a sus personajes pero no lo logran, y particularmente en el caso de Spacey no llegan a ser personajes sino imitaciones un tanto burdas de los acentos, expresiones y gestos corporales de las personalidades imitadas. Ninguno de ambos llega a ser ni Elvis ni Richard, y si bien su encuentro dialéctico tiene fuerza, resulta escaso para sostener una película en la que nos reímos pero no nos desternillamos, nada merece destacarse en la realización y ni tan siquiera las interpretaciones, su gran baza, nos asombran. 

Elvis y Nixon es un producto simpático y sincero que satiriza y recuerda un momento hilarante de nuestra historia reciente que bien podría no haber sucedido, pero no hay más para el interés del fagocitador de imágenes detrás de la divertida noticia. 6/10

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