El niño y la bestia – Las beldades de la dupla

En 2016, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Mamoru Hosoda es, junto a Satoshi Kon o Makoto Shinkai, uno de los grandes nombres del cine de animación japonesa actual, en estos días de jubilación del Studio Ghibli. La única película que he visionado de su todavía escueta pero reconocida de su filmografía, Los niños lobo, me defraudó tonalmente pero me satisfizo suficientemente en el apartado visual en la muestra Syfy del 2012. A medida que la conclusión del 2016 se aproxima y empecé a reflexionar sobre la cosecha cinematográfica, me percaté de que había algunas obras de animación, de las cuales algunas irán llegando el año que viene, que habían pincelado los necesarios elementos de interés como para considerarlo un buen año para el género (Zootrópolis aún en la retina). Por lo que vi la nueva película de Hosoda, El chico y la bestia. Y encontré una amplia mejoría con respecto a su trabajo anterior, y una película excelente en lo que a animación se refiere. Bien es cierto que el producto en su totalidad no está a la altura de su excelente primera hora, pero no por ello debemos desdeñarla. 

boy-and-beastEl infante Ren, de nueve años, se lanza a la calle furioso por la muerte de su madre, con la que vivía sólo,  y sin deseos de mudarse con sus tutores legales. Perdido en la multitud de las superpobladas calles de Shibuya, encuentra por azar a una pequeña criatura de pelo y a un alto guerrero con forma de oso. Siguiéndolo, se sumerge en un pasadizo, que le sirve de portal, para llegar al mundo paralelo de Jutengai, una ciudad de bestias. El lord de la ciudad va a abdicar de su cargo, deseoso de reencarnarse en Dios, iniciando así la pugna por la sucesión. Batalla librada por el experto Lozen, querido jabalí con descendencia y pupilos, y el oso al que Ren sigue, Kutematsu, poderoso pero caótico y descontrolado, que no podrá optar a gobernar si no consigue un aprendiz. Ren, tan sólo y necesitado de compañía como Kutematsu, acepta ser entrenado por él, y rebautizado como Kyuta, inicia un entrenamiento de varios años, en el que la convivencia cambiará a ambos en el ámbito personal para siempre, haciéndoles maduros y necesarios el uno para el otro. Una historia de evolución personal y superación en el seno del más tradicional relato de aventuras y fantasía. Y es en la vertiente más mágica y asombrosa de las tradiciones milenarias del mundo de las bestias, los entresijos de Jutengai y la filosofía de los guerreros y la batalla dónde reposa el mayor activo del filme. Y su descripción de personajes logra que simpatizemos rápido con Kyuta y Kutematsu y sigamos sus andanzas con interés. La imaginería visual es exquisita, y la atención en el diseño de escenarios y vestuarios engatusan a nuestro ojo lo suficiente como para que perdonemos sus defectos. Las escasas escenas de acción están resueltas con un ritmo e intensidad total, apoyadas en una rica coreografía, dejan al espectador con ganas de más.

Pero ni la rica melodía de Takagi Masakatsu impidieron que la decepción que servidor experimentó al presenciar las derivas argumentales y tonales por las que la cinta apostó en su segunda parte fuese palpable. El melodrama y la tragedia emocional toca los límites más pulibles de lo cursi y farragoso, y el retorno de Ren a Shibuya, si bien hábilmente planteado, entraña conflictos secundarios de menor interés a lo previamente presentado. Ni hablar del conflicto de exagerada violencia con un personaje secundario previamente introducido que, si bien casa con los elementos de la diégesis, no puede evitar sentirse forzado y extenuado, pese a las soluciones visuales barrocas a las que recurre para dotarlo de interés estético. El juego de espejos entre maestro y pupilo, si bien sigue un desarrollo dramáticamente pleno, bien lo habría conseguido mediante elecciones argumentales más cercanas a la sencillez mitológica de su introducción.

El chico y la bestia se erige como uno de los mejores exponentes de la animación mundial en este curso que llega a su fin, pero casos como Tu nombre prueban que la ñoñería puede disculparse con un guión redondo, y si bien parte de un gran punto de partida, Hosoda prueba que aún debe perfeccionar sus desarrollos. 7/10

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