El bar – Crisol de ratas

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Mal que le pese a algunos sectores de la crítica, el realizador vasco Álex de la Iglesia es uno de nuestros mejores directores, y servidor siente una particular debilidad por su obra, acudiendo fielmente a mi cita en la sala con cada nueva película que estrena, pese a la evidente irregularidad de sus últimos trabajos. Si bien el desarrollo compacto de la excesiva Mi gran noche mejoraba esos grandes inicios arruinados de Balada triste de trompeta Las brujas de Zugarramurdi, estas quedaban lejos de la divertida Crimen Ferpecto y muy distantes de las excelentes El día de la bestiaLa comunidad, ambas entre las grandes obras de nuestro cine. Por tanto siempre guardo un hálito de esperanza y sigo viendo sus filmes, esperando una redención, pues el potencial de algo grande (hacer lo que quiere, sacar lo mejor de los más populares actores, tener a los mejores técnicos del sector a tu disposición…) siempre se halla oculto en sus obras, y pese a alguna crítica tempranera de carácter negativo, parecía que al fin había llegado la hora. Y no me imaginaba cuánto. Pude disfrutar con la chavalada en una cómoda sala del proyecciones de una noria de sensaciones fuertes que, si bien aquejo de un exceso de histrionismo cómico en sus diálogos y cuyo guión no puede evitar momentáneos baches de interés, es un ejercicio ejemplar de ritmo, descripción de personajes, crítica social y manejo de la tensión que deleita al cinéfila con una locura muy medida y satisfactoria que la eleva al podio del caústico creador. 

Es una mañana cualquiera en el centro de Madrid. 8 personajes variopintos dan a parar en un bareto típico nacional (recreado con el modelo del Palentino en mente): una pija (Blanca Suárez), un hipster (un Mario Casas correcto, como siempre, pero decepcionante para servidor, un aficionado), la dueña del bar (una Terele Pávez que borda siempre un mismo papel), un mendigo (un extraordinario Jaime Ordóñez), el camarero (un soberbio Secun de la Rosa), una mujer madura adicta a las tragaperras (una Carmen Machi que completa el trío de intérpretes que se comen el filme)…súbitamente dos de los clientes del bar serán tiroteados al salir del mismo, quedando las calles vacías y ellos encerrados en el interior del Amparo. Durante las próximas horas de encierro se sucederá un juego de sospechas, bandos y traiciones, en un hervidero de pasiones en lucha por sobrevivir y entender lo que sucede. Una reproducción en miniatura de nuestra sociedad y una hiperbolización hilarante pero perturbadora del comportamiento humano ante una situación extrema. Una refinación estilística y textual del estilo narrativo de De la Iglesia, que abraza el horror más que nunca y acierta con particular lucidez en la parodia y en la analogía social. Un torbellino de acción en escenarios recluidos sin perder el toque personal y, por ende, maníaco de su realizador, que de la mano de la fotografía de Amorós y de un montaje vivaz ofrece potentes momentos visuales (cómo el uso de la toma con arnés en su clímax) y ayuda a avanzar la historia sin demora dejando espacio para el pleno lucimiento de un reparto pequeño entregado a la causa. Una película incómoda pero magnética, tan divertida como aterradora, que nos enfrenta cara a cara con nuestros demonios personales como raza y nos hace reflexionar sobre la conducta individual y grupal en esta sociedad española viciada de la era de información desde la ficción más juguetona, amena y desatada, en la que consigue una intensidad audiovisual pegadiza y constante, haciendo ruido de la manera menos ruidosa en la que nunca lo ha hecho. 

Como viene siendo costumbre en las películas del bilbaíno, esa apuesta por un ritmo frenético y un barullo constante pueden tanto hacer decaer el argumento en pos del delirio o saturar a la audiencia de mala manera. Bien es cierto que este no llega a ser exactamente el caso en la película que nos ocupa, cierto es que una de sus partes se atraganta un poco, hasta la llegada de un soberbio clímax. Y si los diálogos de Guerricaechevarría y De la Iglesia son finos y están correctamente declamados, es inevitable pensar que una reducción de la verborrea, en tanto el filme ya contiene mucha acción, habría ayudado mucho al conjunto, que en su apuesta por el humor picado para aligerar la digestión del horror resta realismo a la situación , aunque esta nunca se plantee de una manera realista, con respecto a los parámetros de este universo diegético. 

Bestia, alegórica y cerebral, El bar es una película que te saca de tu zona de confort, pero brinda una de las vorágines más logradas del cine reciente, y inunda al espectador sin cansarle, dando lugar a una inesperadamente larga reflexión. Jauría feroz y deliciosamente afilada. 8/10

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