Castillo de naipes – Negra y cruel ambición

En 2017, Críticas, Series por Néstor JuezDeja un comentario

La cara negativa de la moneda de ser un cinéfilo avaricioso e insaciable que ansía abarcar toda la producción cinematográfica que merece la pena, es que no dedico mi tiempo no ya a otros contenidos culturales de idéntica valía, sino a otros productos audiovisuales. El afectado de este suceso al que más me arrepiento de no dedicarle la debida atención son las series de televisión. Pero últimamente, aunque con timidez, he empezado a revertir esta situación. Tras abandonar la engañosa y sobrevalorada Perdidos y ser incapaz de engancharme a Bajo escucha, gocé como un infante con la magistral True detective, saboree la interesante Show me a Hero y me entretuve mucho con la estimulante El papa joven. Pero ninguna ha sido capaz de provocar en mí tanta adicción y dependencia como las cinco temporadas de la adaptación norteamericana de Netflix de la miniserie Británica de los 90 Castillo de Naipes, visionada en poco más de un mes. Serie apadrinada por David Fincher que, con sus altos y bajos, me sigue pareciendo un producto de altísima calidad, y la segunda mejor serie que he visto hasta ahora. Una creación recomendada desde hace tiempo por mis cercanos con criterio, y que decidí atacar una vez he empezado a usar Netflix con alguna frecuencia, pues no en vano hablamos de su producto estrella. Y si nunca había visto del tirón una serie tan larga, una vez vi los dos primeros capítulos (los dirigidos por Fincher, los mejores de la serie) no pude resistirme a devorarla. Pues si bien nos hallamos ante un producto humanitariamente insano que no enriquece tal vez el alma, su trepidante guión, excelentes personajes y soberbia factura audiovisual hacen de esta serie un viaje narrativo cuasi imprescindible. Un relato que si bien funcionaba como un reloj en sus dos primeras temporadas, de arco cerrado, ha sabido reinventarse y ampliar su desarrollo sin perder fuerza ni interés. 

El congresista norteamericano Frank Underwood (un excelente Kevin Spacey), líder mayoritario o Whip del partido demócrata, ha conseguido desviar las votaciones para que el candidato Garrett Walker sea elegido como candidato y posteriormente electo como Presidente de los Estados Unidos, a cambio de ser elegido Secretario de Estado en su nuevo gabinete. Pero la jefa de gabinete de Garrett, Linda Vasquez, le hace saber que han cambiado de opinión. Utilizando esta traición como punto de partida Frank, de la mano de su esposa Claire (Robin Wright en el papel de su vida, y conforme avanzan las temporadas, el mejor personaje de la serie) y su temible secretario Doug Stamper (un Michael Kelly cuyo personaje va creciendo), urdirá un plan de tejemanejes, corrupciones y manipulaciones sin escrúpulos para escalar a lo más alto en el escalafón político del poder, usando para ello todos los medios necesarios. Una intriga de politiqueos, conspiraciones y negociaciones en la sombra. Un estetizado e hiperbolizado retrato de los mecanismos del poder, y la crueldad y amoralidad que este conlleva en las altas esferas. Una disminución quirúrgica de la facción más inhumana y apasionante de la política, y una dramatización sexualizada y cerebral del día a día de los mandamases que rigen la economía y sociedad del mundo libre. Una jungla despiadada dentro de los más avanzadas estructuras de comportamiento humano. La dirección artística es excelente, discreta y llena de gusto. La melodía de Jeff Beal, muy seductora (la pieza de apertura de la cabecera es una melodía que capta tan bien el tono de lo que se va a ver a continuación que pocas veces me he atrevido a esquivarla). Y la realización, limpia y dinámica, plagada de travellings, planos de grúas y leves acercamientos, todo ello encuadrado con precisión de cirujano, es extraordinaria, obra y gracia del trabajo de múltiples realizadores curtidos (James Foley, Carl Franklin, Joel Schumacher, Jodie Foster, Agnieszka Holland, la propia Robin Wright…) cuyo estilo propio de la era Apple fue marcado desde el piloto por Fincher, productor ejecutivo de toda la serie, y al que se adhieren de manera uniforme en todas las temporadas (tan bueno es el acabado formal que la decisión estilística de romper la cuarta pared, aunque manejada con inteligencia, no es sólo un dispositivo para desviar nuestro atención sino un añadido que redondea el magnetismo de un producto que ya funciona por sí sólo). Una tela de araña de 65 horas que recurre a diversos personajes (los Underwood, Doug, Freddy, Zoe, Peter, Jackie, Remy, Rachel, Hammerschmidt, Rachel, LeAnn, Conway, Freddy, Jane, Usher…todos ellos ricos y perversos) para diferentes fines y avanzando siempre hacia delante, volviendo siempre a ellos cuando lo necesite y construyendo sus vidas con matices que enriquecen y seducen a la audiencia, en una serie que establece múltiples líneas narrativas secundarias que sabe cerrar con acierto mientras no pierde de vista a la fluctuante línea principal. Y logra producirnos tamaña adicción y implicarnos de tal modo en unos acontecimientos tan apasionantes que estaremos dispuesto a comprarlo por muchos tropiezos que surjan por el camino. 

Cómo suele pasar con los productos exitosos de larga duración, la serie sin duda ha sido estirada en perjuicio de su calidad global, pues sus dos primeras temporadas eran un relato compacto sobresaliente que rayan a un nivel al que las tres temporadas siguientes, aunque también notables, nunca alcanzan. Y en pos del interés y la intriga trepidante, el rizo del relato llega a niveles de tremendismo cada vez más lejanos de la verosimilitud, si bien hablamos de una serie espeluznantemente realista. De manera inevitable, la sensación de repetición en sus estructuras narrativas es inevitable, y si bien el personaje de Claire es cada vez más fascinante, el desarrollo del de Frank se estanca a partir de la tercera temporada. La serie recurre al sexismo y el morbo escabroso como puntuales y prescindibles recursos de efecto, y su frialdad emocional hará sentirse incómodos a más de uno. Un amplio sector de la audiencia considerará complicado interesarse por una serie en la que es incapaz de sentir simpatía por ninguno de sus personajes, todos ellos despreciables de un modo u otro, pero es en su capacidad de lograr que empatizemos con sus maldades y que deseemos que se salgan con la suya debido a la simple seducción de la maquinación sibilina dónde se halla uno de los más efectivos y curiosos resortes de esta serie. Una que, pese a la exageración de plazos temporales y la acumulación de anomalías históricas, se aleja poco de la realidad, lo que nos invita a reflexionar sobre lo terrorífico de las capacidades de la gente que nos gobierna y nos hace ver el mundo con ojos más suspicaces y desconfiados. 

Elegante, adictiva, sibilina y perturbadora, Castillo de naipes es uno de los templos de la ficción estadounidense del nuevo milenio, y sólo el paso del tiempo logrará que se la reconozca como se merece. No puedo sino esperar la sexta y, espero, última temporada con los dientes muy largos. 8,2/10

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