Baby driver – Oda musical a la chulería

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Con apenas cuatro películas en diez años, el realizador británico Edgar Wright ha conseguido crear a su alrededor una legión de apasionados seguidores y la constante euforia crítica. Servidor, sin rasgarse las vestiduras, ha disfrutado mucho con sus obras previas, personales mezclas genéricas prueba del talento de un director habilidoso en narrar a través de imágenes, construyendo sus filmes con una exuberancia formal muy medida. Hace ya cuatro años de la algo decepcionante Bienvenidos al fin del mundo, por lo que la noticia de su retorno a la cartelera nos puso los dientes largos a toda la comunidad cinéfila, aún más si tenemos en cuenta el entusiasta recibimiento de la audiencia asistente a sus primeros pases y de la crítica en su debut en Festivales. En Reino Unido se ha estrenado una semana antes que en España. De ahí que se produjese mi ansiado reencuentro con la sala de cine con esta película, cuya temprana etiqueta de gran película hizo imposible que la viera sin exigir algo de ella. Y me uniré a la corriente mayoritaria reconociendo que se trata de una película muy divertida. Una película de acción y volantazos construida con mucha destreza, no exenta de carisma. Pero la escasez de un contenido con enjundia la transforman en la peor película de la notable trayectoria de Wright. 

Baby (un Ansel Elgort muy adecuado para la ocasión) es un joven con una habilidad única al volante y una pasión desenfrenada por la música. Coaccionado por el mafioso Doc (un Kevin Spacey en el que siempre se puede confiar), trabaja para él como piloto de sus atracos organizados, para los que Doc reúne grupos rotativos de facinerosos (Jammie Foxx, Jon Bernthal, John Hamm, Eiza González…) a los que Baby deja en escena y conduce de vuelta, esquivando a la policía. Deseoso de saldar su deuda con Doc y abandonar el crimen, y al conocer a Debora, camarera de la que se enamora, forzará la escapada de esta realidad de una vez por todas. Una película de atracos de jugoso dispositivo narrativo: nuestro protagonista, parco en palabras, nunca se quita los cascos de la oreja, y vive al compás de la música de sus Ipods, y siempre procura cuadrar sus atracos con la canción que se reproduce. Esto transforma la película en un peculiar musical, un relato montado al son de la música setentera que escucha Baby y que fluye al compás, adquiriendo dinamismo y un tono juguetón y artesano muy estimulante. La realización es, como cabía esperar, excelente: se aprecia un gran trabajo en cada encuadre, un sentido tras cada plano y una cámara que no se detiene, probando a Wright y a su equipo técnico como unos expertos en la narración mediante imágenes y sonidos. Sus personajes son además interesantes y divertidos, y a unas muy logradas escenas de acción se aúna un humor muy efectivo y un ritmo narrativo tremendamente bien llevado. Sin duda cine de pericia y dominio claro del oficio.  

Una vez aclarado que formalmente la película muestra mucha enjundia, textualmente se descubre un tanto falta. El argumento es interesante pero no lo suficientemente rico ni original, y sus personajes se tornan planos, histriónicos y con unos conflictos internos desplegados banalmente. Sus limitadas (Elgort) o caricaturizadas (sólo Hamm brilla mínimamente) concuerdan con el tono pero limitan la implicación emocional, la subtrama amorosa no se sostiene nada y la segunda parte irrumpe en un ruidoso clímax que daña severamente al filme en su conjunto. Película muy bien ejecutada, pero que una vez descubierta la magia de su envoltorio poco tiene que ofrecer, lejos de las genialidades audiovisuales de Scott Pilgrim y la trilogía Cornetto.

Molona, frenética y desenfadada, Baby driver es una película que hará las delicias de la taquilla pero dejará hambriento a aquellos que sabemos de lo que es capaz Wright. 6,7/10

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