A ghost story – Atrapada alma en pena

En 2017, Cine, Críticas por Néstor JuezDeja un comentario

Una de las revelaciones del último festival de Sundance es la película que hoy nos ocupa: el drama sobrenatural A ghost story, protagonizada por Casey Affleck y Rooney Mara y escrita y dirigida por el joven realizador norteamericano David Lowery. Aún sin haber sido siquiera comprada por una distribuidora española, acaba de ser estrenada en cines americanos y, por ende, británicos, por lo que me hallaba en el lugar y momento adecuado para tener la suerte de poder verla en sals cinematográficas. Venía precedida por excelentes críticas, y su premisa narrativa y elección estilística de puesta en escena, descubierta ya en los materiales promocionales, le daban una pátina de producto interesante y posible filme de culto en el circuito de autor. Su apuesta formal le daba un tono hipster que no me acababa de enamorar, pero tenía puestas en la película muchas expectativas. Y la película que visioné, si bien fue un producto más difícil de lo que esperaba, superó ampliamente mis expectativas, situándose como una de las películas del año. Una película de prístino envoltorio pero hondo contenido, lleno de alma y sentimiento, y reflexiones que no debemos tomar a la ligera. Nos hallamos antes una película delicada, y una de las aproximaciones más imaginativas a las consecuencias de la pérdida y muerte de un ser querido. 

C, músico en horas bajas, y su mujer M, viven en una modesta casa suburbana de una población rural estadounidense. Ella desea mudarse, pero él se encuentra a gusto en ella. Durante días son importunados por ruidos y golpes en la casa, de procedencia desconocida. Un día, C muere en un accidente de tráfico. Una vez el cadáver se halla en el hospital, su espíritu vuelve en sí en la forma de un fantasma cubierta por una sábana blanca con ojos negros. Volverá a su casa, dónde presenciará el dolor anímico de su novia sin poder intervenir. El tiempo pasará raudo, y muchos inquilinos irán y vendrán, mientras este fantasma se halla atado a este espacio de manera indefinida, y no podrá abandonar el mundo de los vivos hasta encontrar cierto mensaje oculto que le ha sido dejado. Una radical reinvención de los códigos del cine de terror y de la iconografía infantil de los fantasmas, y una sugerente reflexión sobre el amor, la muerte, la inmortalidad y el legado humano. Una reflexión intimista e introspectiva sobre el dolor, el porvenir tras la muerte y el vacío del alma, una vez despojada del cuerpo. De inicio, es innegable la potencia del dispositivo formal: la estupenda banda sonora de Daniel Hart y la hermosa y manierista fotografía de Andrew Droz Palermo hacen del filme un caramelo sensorial, sorprendente además por la elección de un formato 1:33:1 con los bordes redondeados, formato absolutamente atípico que transmite a la perfección la claustrofobia de un fantasma atrapado en un espacio por tiempo infinito en un mundo de seres vivos en el que sólo puede interactuar asustándoles moviendo objetos o jugando con las luces. Un relato no sólo sobre una relación, sino sobre la odisea de un hombre una vez abandona el cuerpo, y se adentra en una etapa de espacio-tiempo plegable y espera en aislamiento, deveniendo en espectador de sí mismo. Sus conocidos actores cumplen con sencillez y solvencia, pero la película deslumbra con un personaje principal que consigue transmitir un torrente de emociones sin faz y con escaso rango de movimiento. Y ese sentimiento se transmite, pese a una contención narrativa extrema, mediante un filme sórdido pero tan tierno como trágico. 

El filme puede repeler a un amplio sector de la audiencia no ya sólo por su ritmo y sus silencios, sino por ser un claro ejercicio de estilo sobre fondo un poco pretencioso. Y si bien su segunda parte y conclusión son soberbios, el filme va de menos a más y le cuesta arrancar, con un inicio al que cuesta aclimatarse y unos momentos con una pareja a la que nunca nos llegamos a creer del todo y que no transmiten empatía alguna. No es hasta que el fantasma irrumpe en escena que la película adquiere sentido, y consigue por suerte no anclarse en un mero dispositivo formal curioso para afrontar un drama romántico sino ir más allá. Pero su ambición temática, lamentablemente, hace inevitable que recaiga en escenas sobrecargadas a nivel conceptual y momentos de sermón argumental, aleccionando de aquello que ya se deduce en una película tan visual en su narración y en la que el diálogo, además de escaso, es irrelevante. 

Enternecedora, melancólica, elegante y reflexiva, A ghost story dejará tocado el corazón de todo cinéfilo una vez superada, y aceptada, su rareza y cripticismo. Imprescindible. 8,0/10

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